
Una de las especulaciones más memorables tuvo lugar en Holanda entre 1633 y 1637. Hasta ese momento, los tulipanes eran muy apreciados por los comerciantes adinerados debido a su belleza y constituían una especie de símbolo de estatus para hacer alarde de su riqueza. Había más de 130 variedades de esta flor tan hermosa, pero delicada y frágil. La rareza de los tulipanes exóticos y el interés por este bien de lujo hicieron que los precios subieran constantemente a lo largo de los años. En algún momento, los primeros especuladores se interesaron por los tulipanes y, sobre todo, por el aumento de los precios.
La rápida reventa de los bulbos de tulipán con elevados beneficios desató una auténtica fiebre comercial. En 1633, por primera vez, se pagó incluso una casa entera con tan solo tres bulbos de tulipán. En esta fase inicial del «auge de los tulipanes», no dejaban de aparecer en el mercado nuevas variedades de bulbos de tulipán. Nadie sabía si eran bonitas o especialmente bonitas, grandes o pequeñas, sanas o enfermas, ni si producirían pocos bulbos o muchos. A pesar de ello, ya no eran solo los comerciantes, los distribuidores o los especuladores quienes compraban los bulbos de tulipán, sino prácticamente todo el mundo, desde los campesinos hasta las criadas. Grandes cantidades de dinero, a menudo reunidas a duras penas o pedidas prestadas, afluían al mercado de los tulipanes. Allí se alimentaban fantasías de ganancias que hacían que cualquier salario pareciera insignificante.
Los precios subían y subían, todos ganaban y querían seguir ganando, nadie quería perderse la oportunidad. Se creía que aquello duraría para siempre y nadie podía ni quería imaginar el final de aquella locura. Pero como los precios subían y los tulipanes eran cada vez más escasos, los compradores no se dieron cuenta de que, entretanto, se compraban y vendían muchas variedades de tulipanes prácticamente sin valor. Hasta ese momento, los bulbos solo se comercializaban durante unos tres meses al año, concretamente en el periodo posterior a su desenterrado. La introducción del comercio durante todo el año mediante certificados de derechos con pago parcial y la reventa de dichos derechos supuso, sin duda, el punto álgido de esta aparente multiplicación del dinero.
Más caras que el oro, negociadas en nuevas bolsas con pocas normas y, en muchos casos, sobrevaloradas o pagadas a cuenta con fondos procedentes de créditos, los precios dejaron de subir de repente, de forma tan inexplicable como al comienzo de esta locura. Unos fueron los primeros en vender; otros oyeron que algunos habían vendido y, de repente, todos quisieron vender. Pero ya no se encontraban compradores y los precios se desplomaron sin fondo. El mes de febrero de 1637 arruinó a miles de personas y puso fin a la burbuja de los tulipanes holandesa de un día para otro.